El aspecto piramidal se había ido dulcificando conforme
atravesábamos los bosques de robles viejos, con sus troncos
revestidos de musgo y las ramas desnudas de hojas. Finalmente, la
cresta nos ofreció un perfil menos amenazador y el esfuerzo
de acercarnos a su base acabó por concedernos la recompensa
de un camino evidente y fácil.
Llegar a la cumbre no era sólo
un objetivo para nosotros, tal vez esa cumbre agreste y bella fuese
sólo una excusa para visitar esa zona de Francia que los propios
lugareños siguen llamando Navarra, la Baja Navarra, la Basse
Navarre, la Behe Nafarroa, un paisaje suave y ondulado, salpicado
de caseríos y de pueblos de piedra con las paredes encaladas
en blanco y un familiar aire de vecindad con los pueblos que están
al otro lado de la frontera, Valcarlos, Burguete, Espinal…
Tal vez esa cumbre fuese sólo
una bonita excusa para asomarnos al mirador que nos
ofrecía una panorámica sobre otros picos franceses que
nos resultan algo más exóticos por desconocidos que
aquellos que también podían divisarse y que ya hemos
subido en otras ocasiones: El Anie, la Mesa de los Tres Reyes (la
mayor altura de Navarra), el Orhy (el primer dos mil del Pirineo),
el Petrechema y tantos más.
Por último, destacar
algunos detalles que hicieron que esta ascensión fuese especial
para todos aquellos que estuvimos; un comienzo algo surrealista cuando
los sorprendidos y recelosos montañeses vieron cómo
un pequeño batallón multicolor de cincuenta y tantos
atravesaba sus pastos y saltaba sus cercas de espino en busca del
inicio de un camino un tanto esquivo.
Después una visión
desde la cima de un fuego y un humo inmensos haciendo el mismo recorrido
que nosotros habíamos seguido poco antes. Una visión
aterradora de no ser porque el fuego era provocado y controlado por
los lugareños al quemar los helechales para abonar los pastos
del próximo verano.