Llegar a la cima nos costo muy poco ya, tuvimos
que echar un poco las manos, más que nada por precaución,
pero cuando llegamos a la cima la visión fue magnifica. Hacia
un día estupendo, la claridad del cielo era total y aunque
el viento nos cortaba la piel, lo que se nos mostraba era inmenso.
Un mar de montañas, casi todas conocidas
o, cuando menos las más importantes. Vernos allí, con
la cima conseguida, hizo que nos diéramos un gran abrazo, de
la emoción que nos envolvió. Todos los que allí
nos encontrábamos comenzamos a reconocer cimas y valles en
los que habíamos estado o de los que habíamos oído
hablar o leído algo sobre ellos, luego comenzamos a compartir
vino, pan, viandas, e incluso una botella de cava que alguno había
incluido en su mochila. Nadie tenia ganas de bajarse de allí.
Después de disfrutar de tan hermosa estancia y vistas desde
una inmejorable terraza, llego el momento de descender.
Lo hicimos tomándonos todo el tiempo del mundo e incluso nos
permitimos el lujo de desviarnos de nuestra ruta y llegarnos hasta
un lago que se encuentra al pie de la “Forqueta de Eriste”
y relajarnos durante un buen rato. Decidimos quedarnos en el refugio
para hacer al día siguiente alguna otra ascensión, por
lo que nos encaminamos a él para ducharnos, cenar y pasar la
noche, en el recuerdo de esta maravillosa jornada.