A un entendido en la montaña le comenté que nos íbamos todo el club –unas treinta y cinco personas- al Pirineo y dijo que estábamos locos. Una semana antes habían fallecido tres esquiadores navarros, de casa como quien dice, y el riesgo de aludes lejos de amainar parecía haberse incrementado en los días precedentes. La verdad es que sonaba arriesgado y mucho más si tenemos en cuenta que durante todo el día tuvimos al otro lado del valle el escenario de la tragedia; la mole de la Collarada que parecía un enorme dragón dormido esperando el paso de algún ser frágil para sacudirse de encima miles de toneladas de nieve blanquísima.
Pero habíamos decidido ir y teníamos muy reciente la lección. Por eso precisamente el recorrido original del Arroyeras-Anayet se desechó el jueves anterior y decidimos andar sin nada por encima de nuestras cabezas. La premisa se demostró cierta y por mucho riesgo de aludes que haya si en todo momento caminas por las cima de una cresta fácil y redondeada, si en ningún momento bajas de ese lomo, las probabilidades de quedar sepultado son casi nulas aunque vayas un pelotón de gente como íbamos nosotros.
No debe haber muchos sitios en el Pirineo que cumplan esa premisa, para nosotros la Sierra de la Blanca era la excusa perfecta para burlar al peligro, ni siquiera en la aproximación al punto de partida íbamos a estar en las garras del dragón. Partimos de la carretera que va desde el fondo del valle del Aragón a Aísa con temperatura muy aceptable y nubes altas. A medio camino entre Aratorés y Borau, en el primer collado que alcanza la estrecha carretera, dejamos los vehículos y tomamos una pista cubierta de nieve que en sus primeros kilómetros presentaba unas rodadas de 4x4 de los impenitentes cazadores. Al acabar las rodadas sacamos nuestras raquetas y uno detrás de otro fuimos dejando un profundo surco en la nieve con nuestro paso torpón y articulado. La pista era invisible, sabíamos que estaba ahí abajo pero nosotros caminábamos sobre un enorme manto blanco que en alguno de sus puntos tendría más de metro y medio de nieve. Los árboles tenían pintorescos y pesados gorros blancos que a nuestro paso dejaban caer algún fleco de nieve. El camino era largo y el comienzo se hizo duro por el ritmo impuesto por nuestro guía improvisado, Jesús Vallés, cuyas piernas sólo son superadas en velocidad por su lengua/ametralladora.
Después de dos largas horas de camino alcanzamos el primer pico; Punta Sallerre (2.016 mts) en donde varios de los componentes decidieron regresar porque habíamos sido alcanzados por una borrasca que provenía del suroeste y comenzaba a llover. Los demás continuaron con un paso mucho más morigerado pues era penoso ir abriendo huella aún con raquetas.
La aguerrida mayoría que había decidido continuar superó también los 2.131 metros de la Punta D´as Blancas y después de alguna pequeña equivocación llegaron al Pico de la Madalena (2.283 mts.) y la Punta de la Madalena (2.274 mts.) envueltos en una espesa niebla con lluvia.
El regreso fue húmedo por decir algo, regresar al autobús, ponerse la ropa seca, aposentarse en un mullido sillón era un placer sólo comparable a quitarse las botas después de más de seis horas de camino. A lo peor tenía razón mi amigo, el entendido en montaña, a lo peor estamos locos pero no por los temores que contenía su afirmación si no por el hecho de que treinta personas soporten el quebranto de una lluvia pertinaz durante horas por el simple placer de alcanzar cuatro cumbres, por el simple hecho de sentirse vivos rodeados de peligro, por algo tan aparentemente banal pero tan necesario para nosotros. |